
El amor, el que es auténtico, profundo, desinteresado, cristalino y honesto, cambia nuestras vidas. Nada más hermoso -divino- que el amor recíproco, el que nos transforma, afina nuestros sentidos, nos hace estar conectados mentalmente y sentir y soñar al unísono.
Y aunque no compartamos muchos -o pocos- conceptos que la persona amada posee, eso no disminuye nuestro sentir, no nos hace no amarla, sino que abre las opciones de pensamiento en nuestra mente y aprendemos, crecemos y podemos tomar decisiones sencillas o complicadas, con un más amplio criterio.
No es fácil encontrar un alma gemela. Pero llega el momento. A veces, cuando venimos al mundo, esa alma ya está acá, esperándonos. Y nos recibe gozosa, nos toma bajo su tutela, nos cuida, guía y enseña para que, al llegar a nuestra adultez, la sintonía sea perfecta.
Se comparte el camino, se escucha con atención y se aprende. Luego, ya iniciados, podemos conversar, reír, llorar, analizar juntos. Vivir la vida en la misma onda, aunque no se comparta el espacio.
Él llegó a mi vida... o más bien, yo llegué a la suya hace mi edad. Así que está presente en prácticamente todos mis recuerdos y sí, todos son agradables. He tratado de recordar algún momento grotesco, alguna mala actitud, quizás un momento violento o amargo provocado por él, pero no, no los tengo. Está ligada su figura fuerte a mis recuerdos infantiles más felices, tal vez porque como no era responsable de mi educación, siempre entregó alegría, diversión y bienestar. Sus manos finas, elegantes y delicadas, supieron tomar las mías de la manera correcta, dependiendo de las circunstancias.
Más adelante, con la adolescencia y juventud, los consejos aparecieron. Pero no los daba con vanidad o arrogancia, sino era como estar escuchando un cuento, una historia interesante, no dados desde la altura de la edad o la jerarquía, sino como amigo y compañero.
Después, fueron las confidencias. Fuimos compinches de algunas experiencias tanto suyas como mías. Y de cada aventura, quedaba el aprendizaje. Y volvían a aparecer las sugerencias y consejos. Para superar lo que no había sido bueno, me daba su visión -desde su género y su edad- y las cosas mejoraban.
Compartíamos la vida, con sus colores fuertes y brillantes, pero también estuvimos juntos para las pérdidas, las más desgarradoras para él y para mí. Y una mirada bastaba, con los años transcurridos, para recordar ambos el dolor de aquellos momentos. Era un eslabón más fuerte que la consanguinidad.
Amó y conoció a mi hija y asumió el papel de abuelo -sin serlo de ella- y lo desempeñó a la perfección. Disfrutaba cada momento en compañía de la niña y cuando yo volvía del trabajo, los encontraba juntos, él en su sillón y ella en su pequeña silla, cada cual con un libro en las manos. Aquellos tiempos fueron pobres en economía pero millonarios en vivencias felices. Y él siempre los tuvo presentes porque formaron un nexo todavía más fuerte entre los dos.
Con el tiempo volvió al interior y se quedó allí, sumergiéndose en la existencia cálida y simpática de aquella ciudad del sur, que le regalaba diariamente tantos momentos intensos e interesantes. Pudo dar rienda suelta a su amor por la marimba, los libros, la historia del país y su gente. La comunidad en la que vivía lo reconoce como un ser extraordinario, su sabiduría y conocimientos no tuvieron, antes o ahora, comparación.
Pero todo llega al final y su vida, también. Se fue extinguiendo, paulatinamente. Toda la energía que siempre lo hizo ser un hombre activo, dinámico, inquieto y libre, se apagó como una vela que se consume. Sin embargo, la alegría que siempre regaló, lo acompañó hasta en los momentos en que su salud ya estaba socavada y en peligro.
Finalmente, llegó el momento. No estuve presente, no pude llegar a tiempo. Mi cerebro y mi corazón atravesaron juntos el camino de la desolación por la pérdida física y mientras uno reincidía en querer romperse de dolor, el otro tomaba las riendas de la razón para hacerme ver que ahora, después del sufrimiento, él está como nunca.
Y acá, desde este lado del dolor, mi corazón continúa amándolo profunda y cristalinamente, sin dobleces, sin angustias, sin resentimientos ni malos recuerdos. Estoy agradecida por haber contado con su amor de padre -que asumió al adelantársele el mío, hace veinte años-, con su presencia de amigo leal y absoluto, de interesante compañero en este viaje, de sabio e instruido maestro y, lo más importante, de fuente inagotable de felicidad y energía positiva, de esa que se te antoja tener hasta el día en que tú misma iniciarás el retorno a casa.
En donde, espero, nos encontraremos.
2 comentarios:
Que lindo Carmen, si lo dejas aca, tocara siempre que queramos sentirlo, muchas gracias y mimitos al alma que tiene brazos, larosarito
Este es hermoso. Esto toca mi corazón profundamente. Gracias por compartir este. Y sí, estarás con él otra vez cuando vuelves a casa. Esto es una comodidad para saber que, otra vez, él le esperará cuando llegas a su nueva vida.
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