sábado, 2 de agosto de 2008

1 DE AGOSTO


Lo conocí a finales de los 70's, creo. Había leído acerca de él; para nosotros, acostumbrados a vivir bajo las botas militares o la ultraderecha, la Democracia Cristiana llegó como un viento refrescante cuando junto con otros importantes nombres de la política guatemalteca, el de Danilo Barillas quedó prendido en nuestras mentes.


Con el tiempo, Danilo fue enviado a España como embajador de Guatemala y fue allá en donde hizo los contactos para que la guerrilla y el ejército iniciaran los acercamientos previos a la firma de la paz -esa que llaman firme y duradera pero que no es más que una burla a la vida de los chapines que continuamos vivos sobre esta bendita tierra o a la muerte de los que entregaron alma y cuerpo por lograr un cambio- ya para aquellos tiempos, urgente, pero que lamentablemente sigue sin darse, porque todo lo que hemos tenido hasta hoy, ha sido más bien cosmético. Pero bueno, vuelvo al punto. Danilo quería cambios. Quería que las diferencias desaparecieran. Y trabajó arduamente, toda su vida, por ello.


A los años, cuando ya volvió de España para quedarse en Guatemala, fuimos haciéndonos más asiduos. Él y una de mis hermanas eran pareja y su cercanía con toda la familia nos hacía apreciarlo. Siempre preocupado por el bienestar de sus hijos -de matrimonios anteriores- y por la felicidad de los que amaba, se repartía entre unas y otras calles, de puertas grandes a chicas, de ventanas amplias y limpias a pequeñas y oscuras.


Lo conocí, entonces, en su faceta familiar. Las reuniones en nuestra casa materna eran frecuentes y se hizo famosa su proverbial inclinación por tomar chocolate caliente con champurradas, en especial los sábados de tarde. Le gustaba el buen comer, pero eso no siempre significaba visitar restaurantes caros o lujosos: era cliente frecuente de los lugares en los que descubría que se cocinaba bien, sobre todo algún platillo de su preferencia, como comer ceviche y beber un par de cervezas el sábado a medio día. ¡Muy chapina costumbre!

Jugaba cartas, los viernes o sábados de noche, con la familia. Le gustaba bailar, aunque su ritmo distara mucho de ser el mejor. Tomaba vino, pero el Zacapa Centenario también le gustaba, lo mismo que comía de "bocas" aceitunas, queso, carnes o maní, todo se valía.


Danilo era un buen hombre. Pacífico, tranquilo, inteligente, pero valiente, arriesgado, temerario. Conversaba suavemente, detrás de sus gruesos lentes, con la verde mirada serena y ese gesto suyo de pausada aprobación, moviendo la cabeza casi imperceptiblemente, en un sí continuo que más parecía un gesto físico de cómo su cerebro procesaba la información.


Amaba profundamente: a su mujer, sus hijos, sus amigos, su patria. No necesariamente en ese orden y no siempre el orden se mantenía. Podía cambiar según las circunstancias lo demandaran.


Siempre militó en la política y fue un apasionado de ella. Cuando las cosas se pusieron difíciles en la DC, fundó junto con otros guatemaltecos ansiosos de cambio, el FCD5, que pretendía llevarlos al poder de la nación para hacer realidad los sueños y ambiciones de muchos.


Uno de sus proyectos, la revista "¿Por qué?", le permitía expresar su opinión, llegar a muchos guatematecos que lo leían, abriendo así un camino más hacia una campaña lejana aún, pero factible. Desde esa tribuna vieron la luz algunas verdades importantes para el país y estuvieron a punto de verla otras que no tuvieron la misma "suerte".


Danilo conocía muchos escenarios. Tenía mucha información importante, dañiña para algunos. Y eso fue lo que provocó que las amenazas a su vida empezaran a llegar. Él tenía, según dijo, la certeza de quién lo amenazaba pero, a pesar de ello, continuó trabajando para descubrir las raíces del narcotráfico en las altas esferas de aquel gobierno.


Y fue así como, el 1 de agosto de 1989, cuando volvía de dejar a su hija pequeña en la puerta del autobús escolar, los matones de siempre y para siempre, le salieron al paso. Quiso huir, quiso hablar, quiso evitar lo que vio ya era inevitable. Pero ya estaba decidida su muerte y su cuerpo quedó tendido, acribillado y vencido, debajo de un auto en donde quiso resguardarse.


Se escucharon muchos rumores acerca de quiénes lo mataron. Se decía que fue el narcotráfico, que se sintió amenazado de ser descubierto; que fueron los militares que no querían que se firmara la paz con la guerrilla, vengándose por su iniciativa; que fueron sus excompañeros de antiguos sueños e ideales, involucrados en movidas sucias.


Como muchas cosas en este país, pasó el tiempo y el asesinato de Danilo Barillas cayó en el olvido... Nadie investigó nada, nadie dijo más nada, nadie lo recuerda en esta fecha terrible. Sólo para los que entramos un poco más allá de su imagen de hombre público, hasta el alma dulce del hermano, amigo, compañero, esta fecha tiene un sabor a tristeza.


¿Quién mató a Danilo Barillas? Para el caso, no importa. Su muerte tan llorada y terrible, también fue fuente de vida, transformó existencias, dejó legados.


Recordamos y agradecemos cada una de sus acciones, desde la más nimia hasta la más excelsa. Desde las intrascendentes, hasta la más valiosa de todas, su propia muerte, pues con ella provocó cambios rotundos hacia adentro de nosotros mismos, a través de su amor y su lealtad.