
Llegó el fin del año. Y en nuestra manera "aérea" de ver y sentir la vida -volando siempre entre la realidad y los sueños, sin poner los pies en la tierra- con este último día de 2008 quisiéramos que se fueran los miedos, dolores, conflictos, tristezas, penas y todo lo que nos hizo pasar momentos difíciles en él. Pero no es así. La noche de fin de año o el primer día de Año Nuevo, no son otra cosa que el cambio de calendario. El final de una medida de tiempo y el inicio de otra. Únicamente eso.
Todo lo que "el año nos dejó" no ha sido más que el resultado de nuestras propias decisiones o el producto de circunstancias externas que nos afectaron directa o indirectamente. Cuando las cosas nos salieron bien porque hicimos las escogencias adecuadas, tuvimos felicidad y bienestar. Si no fueron las correctas, probable es que la reacciones a nuestras acciones nos dejaron mal sabor de boca en el alma, problemas difíciles de resolver o nos enredarámos en dificultades que nos amargaron el momento.
No podemos dar lo que no tenemos. Y buscar afuera de nosotros mismos lo que debiera brotar desde el fondo de nuestra alma, generalmente no funciona.
Sin paz interior, no podemos tener nada. No funcionarán nuestras relaciones familiares, nuestra pareja nos dejará -si la tenemos- o nadie soportará nuestro mal humor. Nuestros amigos huirán al vernos venir y nadie responderá el teléfono cuando vean nuestro número aparecer en sus pantallas. Tal vez nuestros compañeros de trabajo nos toleren, pero llegará el momento en que si deben elegir entre otra persona o yo -ser complicado- para dar un boleto sin regreso, me lo den a mí.
Sin embargo, sin esa tremenda fe en que los días sin estrenar traerán novedades beneficiosas para nosotros, tal vez no tendríamos la fuerza para reemprender el camino. Sin la ilusión de encontrar ánimos nuevos para enfrentar nuestros cambios, no podríamos hacerlo. Si no hiciéramos nuestra lista de propósitos para poner en práctica en el nuevo año, quizás nos vedaríamos la oportunidad de cambiar y, con ese cambio, por pequeño e insignificante que nos parezca, renacer con sueños y anhelos la primera mañana del Año Nuevo.
La vida que vivimos, la que nos fue otorgada en el momento de nacer -con su cargamento de oportunidades- es una sola y vale la pena vivirla. No lloremos sobre leche derramada, recordando una y otra vez los momentos tristes de un adiós; mejor recordemos todo lo anterior a ese momento, lo que nos hizo vibrar de felicidad, de amor, de entusiasmo. Revivamos los primeros pasos de nuestros hijos en lugar de llorar por lo que los llevaron lejos de casa; o recordemos el primer beso que dimos a esa pareja que ahora no lo es más, a pesar de que ya nuestro amor no existe; redescubramos el optimismo del primer día de trabajo para enfrentar los retos diarios; sintamos otra vez el cielo azul y el sol cálido sobre nuestro rostro como al abrir la ventana de nuestra habitación cuando termina el invierno y volvamos a sentirnos vivos. Cerremos los ojos y recostemos nuestras cabezas en el regazo de nuestra madre o en los brazos de nuestro padre, como cuando éramos chicos y llegábamos allí para refugiarnos o para, simplemente, sentirnos amados, en lugar de autocompadecernos por no tenerlos más.
No nos dejemos abatir por nada. La mala suerte no existe, tampoco la buena. Todo es producto de nuestro empeño, de nuestro esfuerzo, de nuestros deseos de ser mejores, de brindarle a los que amamos la mejor vida que podamos conseguir para ellos, de nuestra actitud y manera de vivir la vida.
Seamos felices desde adentro, con el amor y la entrega, con la generosidad y la motivación que sólo podemos encontrar en nuestro interior, pues si el sentimiento profundo por nuestros eres amados no es suficiente motivo para esforzarnos y luchar por nuestra felicidad, nada podrá serlo.
Que tengan un año lleno de momentos para compartir, de risas y lágrimas de felicidad, de bellos recuerdos y maravillosos sueños. Que 2009 sea la puerta a la realización de sus anhelos y metas. Y que, ojalá, podamos hacer acción el verbo soñar.