Recuerdo muy claramente a mi ciudad, allá por los 70's. Se podía salir de noche, sanamente, sin pasar angustias por falta de seguridad. A lo sumo, se tendría que viajar en taxi, si no se contaba con vehículo propio, pues no en todas las zonas había servicio de transporte público. Aún así, las cosas eran muy fáciles. Cuando la dictadura se afianzó y la situación se agudizó, la seguridad siguió siendo una fortaleza en la ciudad. Todos sabíamos que las batallas se libraban en las montañas y, aunque alguna vez se dio alguna escaramuza en poblaciones grandes e importantes, seguimos teniendo la confianza de salir a la calle sin mayores conflictos.
Llegó "la paz firme y duradera", como dice el slogan que el gobierno de ese tiempo acuñó y que aún hoy se lee o escucha en algún trasnochado medio. La guerra de guerrillas terminó, los combatientes de ambos lados dejaron las armas y tuvieron que buscarse la manera de vivir. Allí estuvo parte del problema. Hombres y mujeres que durante años estuvieron en las montañas, dedicados a la guerra, de pronto se vieron desocupados, sin razón para seguir peleando... y sin dinero. Como siempre hay quien saca ventaja de estas situaciones, no se demoraron en llegar mafias y narcotraficantes, con un manojo de billetes en una mano y la impunidad en la otra, a ofrecerle a todos estos ex-combatientes -y a cualquiera otro que lo quisiera- una manera de vivir semejante a la que tuvieron por veinte o treinta años pero con una remuneración jamás soñada en sus tiempos de guerrilleros o soldados.
Y así, poco a poco, las mafias fueron enraizándose en nuestra sociedad con la indiferencia o complicidad de autoridades y pobladores. Si algunos cuantos dieron la voz de alarma, muy pocos hicieron algo. Y si alguno hizo más de lo que "debía", fue silenciado.
Ahora, veinticinco años después, vemos que estamos rodeados y avasallados por los grupos de delincuentes peores que ha visto esta tierra. Los narcotraficantes son dueños de extensiones inmensas de nuestro país y las mafias están en todos lados, incluyendo las más altas esferas de gobierno y de nuestro entramado social.
La sociedad civil ha tenido que reaccionar con fuerza y su accionar ha hecho que algunos actos de gobierno hayan sido modificados; o que la ayuda internacional llegue a nuestro país y se establezca para ayudarnos en contra del crimen organizado, los narcos y las maras (grupos de delincuentes juveniles) que han proliferado sin control en toda Centroamérica; las extorsiones que estas bandas mantienen sobre comerciantes, trabajadores y cualquier "fuente de ingresos" que a ellos les parezca interesante, han degenerado en los asesinatos de las víctimas que se han resistido a pagarles o, simplemente, no han tenido el dinero que ellos exigen. Los gobernantes que han pasado por el Palacio Nacional han sido -o han querido ser- ineficientes para frenar el avance incontrolable de estos hechos y prácticamente todas las instituciones del Estado están infiltradas.
Y mientras estamos en esta lucha permanente, hemos pasado de la indiferencia al terror. Los narcotraficantes, que no se tientan el alma para terminar con todos aquellos que consideren traidores u obstáculos en sus planes, asesinan salvajemente, más allá de lo que cualquiera pueda imaginar posible. La tristeza abismal que nos rodea, la frustración ante lo inútiles e incapaces de nuestros cuerpos de "seguridad", el temor ante lo que pueda suceder en cualquier momento y en cualquier lugar, son ahora los ingredientes de esta receta de sobrevivencia que preparamos día a día.
Cuando una piensa que ya nada puede asombrar, una nueva versión de la maldad se hace presente. Y vemos con una mezcla de envidia saludable y ansiedad por salir huyendo hacia allí, a los países de nuestro continente que todavía guardan en su haber la paz y seguridad de sus habitantes.
Si usted vive en Uruguay, Costa Rica y Panamá, bendiga a la vida por ello y no permita que sus instituciones vean para otro lado cuando las cosas empiecen a dar señales de peligro. ¡Ojalá y no permitan que estos males se entronicen entre ustedes!