Hace unos días leí una nota en uno de nuestros diarios en la que mencionaban algunos cambios a los que ha tenido que adaptarse la sociedad gringa ahora que la crisis está apretando. Pérdida de empleos (para mí, lo peor que nos puede suceder después de perder a un ser amado), disminución del poder adquisitivo, pérdida de casas y autos, todo aquello que implica disminución del nivel de vida y aumento de las ansiedades, angustias y depresiones.
Ello me llevó al pasado, a una época que vivimos hace ya más de veinticinco años, en la que la falta de trabajo limitó mi propia vida y tuve que dedicarme a vivir en casa, desarrollando sólo las tareas domésticas, además de la siempre grata de cuidar a mi hija, en ese entonces de tres o cuatro años. Compartíamos la vida con nuestro amado tío Paco, quien acababa de sufrir una separación importante y decidió quedarse en esta ciudad, con nosotras.
Nuestro exiguo presupuesto se limitó, entonces, a lo básico y absolutamente necesario. Salvo por el pago del kinder a donde mi hija asistía, no teníamos ningún gasto mayor. Y después del periodo de adaptación, empecé a disfrutar de esa vida sencilla y natural.
La casa que habitábamos tenía un hermoso patio trasero y en él habían árboles y rosales que hacían nuestra vida placentera. El padre de mi hija consiguió una tabla que ató a una rama fuerte con gruesos lazos y la niña se volvió loca de alegría con su propio columpio al que corría constantemente cuando estaba en casa. Teníamos duraznos y nísperos (de los nuestros, chapines) y una hermosa mata de frambuesas. Ya que el patio era grande y no todo estaba ocupado ni jardinizado, hicimos tablones de zanahorias, rábanos, cebollas, pimientos y hierbas aromáticas, que utilizábamos en nuestra alimentación diaria. Era sumamente agradable salir al patio y volver a la cocina con aquellos verdes, rojos y naranjas frescos entre las manos.
Ya que nuestra posibilidad de gastos era poca en cuanto a salir a divertirnos a la ciudad (vivíamos en un municipio vecino), nuestras tardes de fin de semana las pasábamos caminando hacia un campo baldío cercano a casa, por donde atravesábamos hasta una abarrotería. Allí comprábamos algún helado, un litro de Coca-Cola, pan dulce y alguna otra cosita más, para volver conversando los tres adultos, mientras la niña corría contenta en nuestra compañía.
Ahora, a la distancia, puedo revivir ese tiempo tan lleno de afecto, sana compañía, dulce amor, frescas conversaciones y conciencia plena de lo que el exceso de plata hace con nuestras vidas. En cuanto recibimos más de lo que necesitamos, cada cual asume sus propios gustos -ya no conjuntos- y actividades y ese compacto grupo que nace de la necesidad de compartir tiempo, espacio y recursos, se disuelve.
La crisis nos alcanzará en algún momento, es verdad. Y probablemente tengamos que acudir unos a otros, ajustar nuestros presupuestos, adaptar nuestra vida a algunos recortes, cambiar de actividades, compartir espacios y, quizás, volver a vivir con los que ahora ya viven aparte.
Las cosas serán fáciles o difíciles de llevar, todo dependerá de nuestra actitud para salir adelante. Y el amor es el ingrediente que obra maravillas.