Recuerdo claramente a Mita, mi bisabuela, con el rosario enredado entre las manos, sentada en su sillón, el bastón recostado a su lado, al alcance de la mano. La vista fija en la nada, la cabeza quieta y en los labios un movimiento imperceptible que evidenciaba que estaba rezando. En su dormitorio tenía estampitas de santos debajo de los vidrios de su mesa de noche o colocadas en la esquina de los marcos de fotografías o láminas; también una imagen de bulto de una virgen -no recuerdo cuál, tal vez Fátima- y cuadros de la Santísima Trinidad y Jesús en algunas de sus caracterizaciones. En un vaso de vidrio grueso color vino tinto, posado en una base de metal labrado y antiguo, una veladora que permanecía encendida de día y de noche. En un florero, rosas o jazmines cortadas en el jardín. Y el aroma característico de su habitación, entre flores y cera. Tal como si hubiera sido una iglesia. En las gavetas de su mesa de noche muchos misales, libros de rezos y novenas, uno de los cuales heredé y guardo como reliquia pues está empastado en cuero, muy vistoso, con letras y la orilla de sus páginas doradas.
Mita vivía con su hija Rosa, mi abuela. En el mismo sentido, mi abuela tenía presencias católicas por muchos lugares de su dormitorio. Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís en bulto, ambas imágenes de unos veinte centímetros de alto, nos miraban desde las repisas colocadas a un lado de su cama, sobre la pared. En su mesa de noche, debajo del vidrio, estampitas de Jesús niño en brazos de su madre. Sobre la cabecera de la cama, un enorme cuadro del Corazón de Jesús, con la mirada lánguida y triste, tocando las llamas que emanan desde su pecho, rodeando el corazón coronado por espinas. Además, debajo de este inmenso cuadro, colgada en la pared, había una pequeñísima pila para agua bendita, en madera, con la palabra "Credo" en letras de bronce. En la pared del lado derecho de su cama, un crucifijo de mármol blanco con un Cristo de plata, permanecía solitario y vigilante. Nunca la vi con un rosario en la mano, pero sí recuerdo que había uno enredado en la cabecera de su cama; era de pequeñas cuentas de madera y decía que se lo habían traído del Vaticano, por supuesto, con la bendición papal.
En la habitación de mis viejos no habían santos, crucifijos, medallas o cuadros. No que yo recuerde. Fotografías de sus padres, nada más. En su momento, mamá heredó de mi abuela el enorme cuadro del Corazón de Jesús y también algunas costumbres, como la veladora en el vaso de vidrio, que se enciende de vez en cuando, en fechas especiales. No hay en sus gavetas vestigios de religiosidad alguna. Y nunca la escucho rezar el rosario ni oraciones memorizadas, a menos que asista a alguna misa para celebrar algún acontecimiento especial. Ella conversa con Dios, dice. Le cuenta sus cosas y le pide ayuda, protección y guía.
A través del tiempo, las costumbres rígidas y religiosas de mi familia se fueron distendiendo. A pesar de habernos educado en colegios católicos -dos de ellos, de monjas- nuestra formación estuvo muy lejos de ser como la de mis antepasados. Practicábamos los sacramentos, participábamos en la misa, rezábamos... Pero conforme fuimos creciendo y aprendiendo la vida, los cambios fueron dándose paulatinamente. También tuvo que ver, estoy segura, la apertura de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Después de asistir a cientos de misas absolutamente ininteligibles, con un cura dándote la espalda y mascullando sólo él sabía qué, cada cual tratando de seguir el ritual desde su misal personal, llegó el cambio: el sacerdote de frente, mirándote, hablando en tu idioma mientras todos podíamos leer y seguir el tema del día, con poca o mucha atención, era lo de menos. Fue un cambio muy positivo.
Recuerdo claramente cuando dejé de rezar para orar. Para conversar con Dios, decían las monjas. Y, ciertamente, eso sentía. Pero yo quería saber más, ver más allá de donde me permitían curas y monjas. Indagué por otras religiones cristianas, en el gnosticismo y el hinduismo, al que llegué a través del saibabismo. Una visión absolutamente diferente de ver a dios en sus muchas caracterizaciones, de vivirlo y seguirlo, pero llegó el momento en que también pesó.
Finalmente, dejando de lado la religión -cualquiera que sea- y continuando con la relación, me siento mucho mejor. No creo en los dioses que inventaron judíos, indios, gringos, mayas... Creo en un Orden Superior, en una ley que nos toca a todos, aunque no lo veamos. Creo en que cualquier acción tiene una reacción y que ella regresa al que la provocó; no para que el resto del mundo lo sepa, se entere y se alegre con o contra el afectado, sino únicamente para que lo sepa y sienta éste. Y muchas veces, por supuesto, no nos enteraremos si pasó o no.
Creo que soy más que un trasto. Creo que soy un vehículo, un medio. Y a través mío, una fuerza más allá de mi contorno relleno de carne y huesos, sangre y grasa, cabellos y uñas, se hace evidente día a día, como lo hace en el resto de seres vivientes.
Una maravillosa energía que nos hace amar, no sólo por instinto, sino elevadamente. ¿Que hemos evolucionado? Es verdad, pero podríamos haberlo hecho sin el hálito de divinidad que todos llevamos dentro. El que nos lleva a experimentar la fastuosidad y grandeza de Alguien que, en algún momento, por ejemplo, nos salva la vida sin que sepamos cómo, nada más que siendo testigos y actores de hechos irrepetibles y asombrosos que no atinamos a comprender porque están más allá de toda lógica.
Ciertamente, tenemos necesidad de sentirnos apoyados, protegidos y cuidados por Algo. Y por eso, dicen los científicos, queremos creer en dios. Pero, me pregunto, ¿por qué íbamos a sentir necesidad de algo que no existe, que no conocíamos? ¿Por qué los humanos íbamos a necesitar creer en la nada, desde el principio de los siglos?
Yo creo. Y sé que habrá algo más allá, después de que esta máquina que se avejenta diariamente, deje de funcionar. Porque todo en mi vida me lo ha dicho, porque he experimentado momentos infinitamente insondables y maravillosos que me dicen que esto, material y tirable, no lo es todo. Concibo esta vida como una escuela, dura y difícil, pero bella y profunda, de la que saldremos graduados, sí o sí, en lo que cada uno haya decidido perfeccionarse.
Tal y como dice la última película de X Files: "Quiero Creer".
Tal y como dice la última película de X Files: "Quiero Creer".