Las mudanzas tienen un efecto especial en mi vida. No son algo que me guste hacer, más bien les rehúyo. Pero cuando llega el momento, ¡no hay vuelta de hoja!
La sola preparación mental para hacerlas me consume semanas, quizás meses. Y luego, cuando llega el momento de realizar la decisión al empezar a empacar lo que se trasladará conmigo de lugar, es un trabajo cuesta arriba.
Sin embargo, a través de los años he aprendido a desprenderme de lo inútil. He ido dejando atrás muchas cosas que en su momento fueron apreciadas y necesitadas y que luego, con el paso del tiempo, dejaron su rol guardado para volverse recuerdos estorbosos que se han ido acumulando en el cuarto de "chunches" (manera nuestra de llamar a las cosas inútiles, viejas y sin valor).
Ya en el clímax de la desesperación con el empaque, mientras transcurren los días en la búsqueda de un mejor lugar para vivir, la "crisis de tirar" se hace presente y me armo de valor para deshacerme de lo que ya, definitivamente, no usaré. Allí quedan trastos, ropas, decoraciones, discos, libros... de todo un poco.
Y con ellos, alivianando mi equipaje, también dejo tirados los recuerdos que pierden vigencia, los que son molestos o dolorosos. Me deshago de la carga negativa que implica traer a la memoria un momento triste o incómodo al hacer contacto visual con aquel cuadro o una fotografía, escuchar una canción o, incluso, aspirar un aroma. Porque sí, hasta perfumes he tirado.
Sin embargo, mudarme también es positivo. Revuelve y remueve lo que se ha aquietado, lo que reposa en la nata de la comodidad y el abandono. Hace que me esfuerce, que limpie por dentro y por fuera mi casa y mi alma y me obliga repasar, revivir y rescatar lo que de verdad vale la pena.
Conmigo continúan el lindo bodegón que me regaló mi tío favorito hace veinte años, la música y libros que realmente han tocado mi interior, así como piezas pequeñitas de ropa que usó mi hija en sus primeras ocasiones importantes: la toalla de su primer baño, su primer uniforme cuando fue al kinder, el primer suéter del invierno uruguayo, sus pequeñitos tirantes para levantar sus pantaloncitos cuando empezó a caminar, la corona de flores de porcelana rusa que lució en la Primera Comunión... Todas ellas hacen materia instantes valiosos en nuestras vidas, mantienen la vigencia de lo que ha sido importante y que ha hecho de nosotras las personas que somos hoy.
La mudanza se hace, entonces, con nuevas expectativas, sueños frescos y liviana de cargas. De todo tipo.
Cuando ya me he instalado puedo respirar profundo, ver a mi alrededor y disfrutar de la primera noche de una nueva era. Un círculo más se ha cerrado y otro se abre... para completar el ciclo.