Una visión desde la etapa después de los cincuenta en la que la segunda fase está siendo mejor.
jueves, 17 de abril de 2014
ESCUCHAR TANGOS...
Escuchar tangos es algo así como soñar...
Los primeros que escuché, siendo niña, fueron los que cantaba mi abuela Api. Me enseñó las tonadas y las letras y con unos 3 o 4 años, ya cantaba "Julián", que nos venía como anillo al dedo ya que mi padre, Julio, se había marchado al exilio dejándonos a mi madre y a mí por un tiempo que, imagino, para mamá habrá sido eterno.
Con los años, muchos de ellos después, me llegó el amor. Y acompañando a sus ojos claros, llegaron literatura y música: García Márquez, Asturias, Mercedes Sosa, Los Chalchaleros... y volvieron los tangos. Esta vez, con más fuerza y sentimiento. Ya no solo se trataba de Carlos Gardel, Hugo del Carril o Libertad Lamarque -que eran los que conocí con Api- sino de enormes orquestas típicas que me hicieron maravillar. Y mis oídos, mente y corazón se acostumbraron a los estilos del gran Aníbal Troilo, Roberto Grela o el gigantesco Astor Piazzolla.
Entonces nada era mejor que una velada con tangos, guitarra y alguna bebida espirituosa que nos animara más y más durante horas y horas, para seguir ahondando en esas notas dulces, melancólicas y apasionadas. Disfrutábamos, pues, Misho y yo, en aquellos días, de la compañía de otros seres queridos también amantes del tango: el inefable Tío Paco, nuestro muy culto e interesante Jorge Saavedra y mi cuñado de entonces, músico absoluto, Néstor Martínez Galán. Ellos enriquecieron esas horas de alienación de la buena e intercambiamos muchas riquezas, lindos tesoros musicales que guardamos con celo, pues la tecnología no daba para otra cosa que copiar en cassette... ¡y ya!
Mis cuatro aleros se han adelantado hacia otro lugar de reunión eterna y aunque mi gusto por el tango no ha disminuido, sí mis inmersiones en él.
Pero no ahora. Esta noche disfruto de ellos y se agregan a mi gusto Bajofondo, entre otras novedades, gracias a mi querido amigo Paul Dougherty, argentino, también amante del mismo género.
Y mientras me dejo llevar por estas notas, mis ojos recorren imágenes hermosas y queridas, llenas de nostalgia...
LA TRIBU
El tiempo, marcado por calendarios, fechas, horas, nos va dejando nada más un cúmulo de imágenes en el cerebro que provocan diferentes emociones, amén de los cambios en nuestro cuerpo, queramos o no.
Vernos al espejo significará realizar que la tonicidad de nuestros muslos, vientres, senos o brazos, de cuando teníamos veinte años, no existe más. O que nuestro cabello, otrora abundante y colorido, ahora está plateándose o desapareciendo. Que, tal vez, las líneas de expresión -que no son otra cosa que arrugas- ahora permanezcan en nuestro rostro después de tantos años de aparecer y desaparecer a voluntad. El tiempo pasa, dicen y a veces lo hace encima de nosotros...
Saludable manera de enfrentar los años, con humor, pues de lo contrario tardaríamos poco tiempo en encontrar a la más arrasadora de las depresiones la que, probablemente, sí terminaría con lo que nos va quedando.
Ver hacia atrás, en esas imágenes perfectamente archivadas en nuestro cerebro, trae consigo, decía, emociones. Recuerdo aquel encuentro familiar de hace más de treinta años, cuando la generación de mis padres tenía menos años de los que yo tengo ahora y nuestros hijos eran apenas bebés o todavía no habían nacido; y claro, no puedo menos que comparar aquellos recuerdos con la realidad actual, que nos permitió repetir la hazaña, aunque no logramos superar en número a aquella de 1980. Claro es que de la generación anterior prácticamente se han ido todos y que nosotros, hijos en aquel entonces, padres y abuelos en este hoy, no fuimos tan prolíficos como nuestros progenitores. Y nuestros hijos, ya menos en cantidad, lo son menos que nosotros.
Lindo fue reconocer la misma sonrisa en muchos rostros, los ojos brillantes y vivaces en otros más, los perfiles, la manera de hablar y gesticular. Un sello genético impresionante que, nos guste o no, nos identifica y mantiene encadenados... por aquello de la cadena de ADN, digo.
Los padres nuestros, que son los que ya no están, que se fueron de muy variadas maneras, permanecen en nosotros, vivos y temperamentales como en sus mejores momentos. Los pasitos de la abuela, silenciosa y siempre preocupada por contener los arrestos de sus hijos, de evitar que los ánimos se desbordaran en las conversaciones llenas de entusiasmo o apasionamiento, quedaron grabados también.
Las cosas que conocimos en esa casona antigua, como el largo corredor que llevaba al comedor, siempre con aroma a frutas frescas, o el inmenso jardín del frente, que recorríamos conversando y jugando durante la niñez; o las conversaciones entre primas, comparando experiencias y momentos difíciles de nuestra adolescencia, hacen juego con el recuerdo del frasco de las bolitas de miel o de los cafeconleche de la abuela, de los que nos era permitido tomar uno, "¡sólo uno!"
Cada uno que partió, en sus propias condiciones y circunstancias, fue el que hizo que nos reuniéramos para acompañar a los que quedaron, como también fueron los hechores de lo que hoy somos, en gran parte. Aquella manera adusta de ver la vida y de tratarnos de mi padre, que tanto reclamamos mis hermanas y yo durante los años jóvenes, ahora me parece que fue la piedra fundamental de nuestras vidas. Sin la disciplina y firmeza de esos años, no habríamos podido enfrentar el día a día; como tampoco habríamos podido hacerlo sin su infinito amor, su incondicional entrega y su maravillosa presencia, que nos hizo sentir, a pesar de las experiencias negativas, muy seguras y protegidas, afianzadas de su mano -esa mano que todas tenemos presente en nuestros recuerdos y sueños- y guiadas por la vida.
Mantener estrechos los lazos familiares, no es fácil. Porque a la familia la encontramos ya al nacer y es como una presencia impuesta, forzada. Tal vez, mientras crecemos, reconocemos en los demás los rasgos negativos que quisiéramos evitar tener; quizás porque ellos son como un espejo de nuestras propias imperfecciones; o, al ser adultos, porque nos enfrentan y traen recuerdos de carencias o faltas.
En todo caso, la familia, esa tribu a la que pertenecemos, es un vínculo fuerte. Y ha sido bueno tener contacto más allá del adiós y las lágrimas, para compartir la risa y mirar hacia el futuro.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


