lunes, 14 de julio de 2008

Por A o por Z


En esta ciudad en la que vivo, el clima ha sido una bendición.

Con dos estaciones -lluviosa y seca- las cosas se facilitan mucho. A finales de año se inicia la temporada seca, aunque fresca y luminosa. Después de transcurridas las primeras semanas sin lluvia, los campos y montañas se ven amarillas y secas. Empiezan a florecer las pascuas, que adornan nuestros hogares para la Navidad y Año Nuevo; en las primeras semanas del año, todas las buganvillias florecen sin pudor, escandalizando a los muros que las soportan o a los árboles que se dejan abrazar por sus ramas trepadoras que en ocasiones llegan a subir hasta 15 ó 20 metros, enredando las agujas de los pinos con estallidos de fucsia, rojo, amarillo o morado. Son el preámbulo de la Pascua Florida, cuando los termómetros suben y suben, para secar el ambiente y dejarnos sentir un poco de calor. Para nosotros, capitalinos, 28°C ya es cálido. Entonces aparecen las ensaladas, los refrescos de frutas naturales, los dulces y platillos especiales de la época. Todo nos acerca al final de lo que llamamos "verano", para dar paso a las lluvias.

Durante seis meses, los campos se visten de infinidad de verdes, cuando las lluvias refrescan y lavan nuestras montañas y volcanes, haciendo brotar la hierba, retoñar los árboles, crecer las cosechas. Las manos campesinas de mis paisanos se esfuerzan por sembrar hasta la última esquina de terreno y es bello observar cómo las hondonadas aparecen y desaparecen cambiando de tono y forma, como una inmensa frazada de retazos.

En la costa sur, se pueden acariciar con la mirada las grandes extensiones verde esperanza, como de seda, de los cañaverales; o los cafetales frescos a la sombra de grandes árboles. Durante mayo, cuando apenas han iniciado las lluvias, muchas flores de terrenos húmedos despiertan a la vida y es común ver en el mercado grandes ramos de cartuchos, agapantos, azucenas... Conforme vamos adentrándonos en la temporada lluviosa, los días se transforman en grises y frescos, la humedad aumenta y el tiempo transcurre entre lluvias, relámpagos y temporales.

O transcurrían...

Desde hace unos tres o cuatro años, las cosas van cambiando. El diciembre luminoso, de cielo azul celeste y noches frías, permanece nublado y gris y se ha visto llover cuando nadie se lo espera. Puede ser que la temperatura no baje lo que todos recordamos que bajaba durante las madrugadas; y los suéteres, guantes y bufandas sólo salen por unos pocos días, para volver a las gavetas y roperos, sintiéndose burlados.

La temporada lluviosa es cada vez más larga e intensa y los días nublados lo son de verdad. Las horas de lluvia se extienden a días y estos a semanas. Y los resultados de tanta precipitación se dejan sentir diariamente en deslaves, inundaciones y ríos salidos de cauce, haciendo que muchas vidas, hogares y cosechas se pierdan.

Sin embargo, hay sectores en donde las sequías se han vuelto comunes y los terrenos, otrora productivos y generosos, ahora son desérticos y áridos y los chapines que durante siglos vivieron de ellos, ahora mueren de hambre y pena.

El cambio climático llegó. No importa la razón. Para efectos prácticos, ya está aquí y está causando daños. Si el motivo es la inconciencia humana, se han echado a anda algunos programas que se están desarrollando para evitar más contaminación y desastres. Si es porque nos tocó vivir la culminación del ciclo, no queda más que adaptarnos... o tratar de hacerlo.

Mis recuerdos de aquellos días iguales, que se repitieron durante tantos años, de aquellos tiempos que se cumplían puntualmente, son eso, recuerdos. En mis pupilas todavía existen. Y ojalá que mis nietos logren disfrutar lo que vaya quedando de mis verdes montañas y altos volcanes, de lo azul celeste del cielo -cuando se dispersan las nubes- reflejándose sobre la quietud de espejo del lago de Atitlán.