sábado, 28 de junio de 2008

Un guatemalteco admirable


Esta semana tuve la hermosa alegría y tremenda satisfacción de tener cenando en casa a un amigo antiguo y muy querido, al que no veía desde hace más de veinticinco años, pero con quien he mantenido comunicación de alguna manera.

Consciente de la realidad del país, luchador incansable, valiente y corajudo, ha trabajado durante décadas por los más necesitados, habiendo dado prácticamente su vida (en todo el sentido de la palabra) porque los perseguidos, devaluados, víctimas anónimas del odio y la sinrazón de este país al que amamos -él como yo y muchos millones más de guatemaltecos- sean reconocidos como iguales, con los mismos derechos a la salud, educación, paz y seguridad, dando por sentado que también podrán vivir de su trabajo digno y honrado, para darle a sus familias lo necesario para cubrir sus más elementales necesidades, primero, para continuar desarrollándose y creciendo sin miedos ni resentimientos después.

Para devolverles el lugar que tuvieron algún día sus antepasados, cuando fueron dueños de esta tierra, antes de que les fuera arrebatada a sangre y fuego, antes de esclavizar a los sobrevivientes y anular cualquier derecho a la libertad en todas sus formas.

Este hombre del que hablo se ha jugado la vida, entregó su cuerpo, mente y corazón por amor a las comunidades que durante el conflicto armado tuvieron que huír a la selva montañosa, mientras las balas de fusiles, ametralladoras y cañones terminaban con siembras, casas y ellos mismos.

Mientras conversábamos -habiendo retomado la punta de la madeja que hemos dejado y reencontrado en muchas ocasiones como si hubiese sido abandonada por pequeñísimos momentos nada más y no por años entre una conversación y la otra- su humilde grandeza, su fuerte serenidad, el brillo intenso de sus ojos detrás de los anteojos y su risa fácil y franca, me remontaron a los años de mi juventud, cuando el idealismo era tan importante en mis días y noches.

Durante el tiempo que duró la cena, mientras saltábamos de rama en rama en nuestro árbol de conocimientos compartidos, los de la vida que a cada cual le tocó -o decidió- vivir, una oleada cálida de afecto me arrebató y me hizo reencontrar el sentido de los años idos, la certeza de que lo experimentado ha sido, en mucho, la base de mi vida y para decir que no cambiaría nada del pasado, que volvería a vivirlo de igual manera, a pesar de todo.

A este hombre genial, a este valiente de ayer y hoy, a quien admiro desde el fondo de mi corazón y mi mente, dedico hoy mis pensamientos, para que la cruzada que ha emprendido, por la que ha luchado y trabajado durante décadas, poniendo en peligro y enorme riesgo su seguridad personal, su estabilidad y su vida misma, llegue ¡finalmente! a dar los frutos que él como otros miles de guatemaltecos deseamos.

Este hombre, un sacerdote católico como hay muy, muy pocos, comprometidos con la verdad y la justicia, es ejemplo vivo de lo que debieran ser los hombres y mujeres que deciden trabajar por el bienestar de los demás, física, mental y espiritualmente, el ejemplo que el Vaticano se resiste a poner en práctica porque si así lo hicieran, significaría renunciar a la opulencia y a la inconciencia y desconocimiento del mundo en el que viven, porque es más cómodo de esa manera, aunque sea inmoral.

Sin embargo, a este tema me referiré la próxima semana. Hoy solamente deseo rendir tributo a Ricardo, guatemalteco admirable y maravilloso.

lunes, 23 de junio de 2008

DUALIDADES


Todos, asumo, necesitamos una figura fuerte que nos brinde seguridad, protección, respaldo, fortaleza. Pero además, amor y ternura.


A veces nuestros padres llenan esa necesidad, a veces un tío, el abuelo o el hermano mayor. En otras ocasiones, el nuevo padre, el padrastro, cumple. Pero... ¿y qué sucede cuando no encontramos en ningún "hombre" esa figura de fuerza y amor que necesitamos? ¿Qué pasa cuando el padre falta y es únicamente la madre, por A o por Z, quien se queda "a cargo"?

Pues surgen las "mapas". Esas madres que hacen también fuerza por llenar el vacío del padre. Las que salen a trabajar y se convierten en proveedoras absolutas de alimentos, vestido y casa. Las que deberán lidiar con las necesidades de las niñas, pero también de los niños. Y ¿cómo hacer, si no es a través del inmenso amor que sienten por sus hijos, que se las ingenien para cumplir con todos estos menesteres? Existen muchas, muchísimas madres actuando los dos papeles... y no es fácil. Lo ideal, lo mejor, es que tengamos cercano al padre nuestro o al de nuestros hijos, llenando el espacio que le corresponde llenar, a pesar, a veces, de muchas circunstancias adversas.

Por estos días se celebra el Día del Padre por estas latitudes. Y claro, vuelven a aparecer los anuncios en los diarios y la televisión, a sonar en la radio las cancioncitas pegajosas que nos invitan a comprar "el mejor regalo para papá".

Y yo pienso, a través de mi experiencia, que el mejor regalo será hacerle saber lo importante que es él en la vida familiar. Que no sólo se trata de extender la mano para pedir, sino de extenderla para encontrar la suya y caminar. Que su voz fuerte no sirve nada más para gritar y regañar, sino para darnos confianza o darnos tranquilidad.

Que sus palabras fuertes no servirán sólo para corregir, sino también para conversar y dar ternura. Que sus ojos no escudriñarán en nuestra frente por motivos de vergüenza o culpa, sino que serán un punto de reflexión y encuentro con la paz y el amor.

La comunicación que las mujeres tenemos con nuestra madre es cercana, casi telepática, porque somos muy similares, con los mismos canales abiertos. Pero cuando tenemos cercanía espiritual y afectiva con nuestro padre, es otro mundo el que pisamos. Es algo así como no poder pensar de otra manera acerca de la vida, acerca de la muerte y acerca de todo lo que queda en el medio. El lenguaje que usamos es diferente al que usamos con mamá o con los hermanos, se habla de otras cosas, de otros temas; se coincide en otros lugares comunes -literales o no- y se comparten los gustos por el aroma de las papas o por tal o cual programa de televisión que vemos semanal y puntualmente, aunque sólo sea por compartir el momento.

Sabemos que papá acudirá presuroso si lo necesitamos y que muy probablemente estaría dispuesto a ofrendar su vida por salvar la nuestra. Pero ese mismo amor que nos une, nos impedirá aceptar tamaño sacrificio. Preferimos saber que allí estará nuestra roca, nuestra montaña, nuestro puerto. Y que la diferencia entre la paz que nos da nuestra madre y la que nos otorga él, tiene que ver con la vida y con la muerte, pues ella nos dio la primera y él nos cuidará de la otra.

A pesar del tiempo y la distancia, del abismo y de la luz, hay manos que no borramos de nuestra memoria. Hay latidos que retumban en nuestro oído y que quedaron allí, grabados, desde la última vez que reposamos nuestra cabeza en el pecho de nuestro padre.