sábado, 25 de octubre de 2008

¿ESTAMOS DISPUESTOS?


La crisis, la tan ya famosa crisis, se nos viene encima. Es difícil -desde esta butaca- darse cuenta de qué tanto está azotando ya.

Empezamos protestando por el valor de la gasolina, que subió sin ningún reparo, para luego fijar los ojos en cada página del diario que nos trae noticias de todos los rincones del planeta relacionados con la burbuja inmobiliaria y sus consecuencias.

A veces, entre el maremágnum de análisis negativos, deprimentes o fatalistas, aparece algún iluminado que nos dice "¡Alto! Las cosas no serán como se supone que sean..." y hace una profusa lista de semejanzas o diferencias entre las condiciones de los años de la depresión del siglo pasado y las actuales.

En cuanto empiezo a sentir que me falta el aire o el corazón me late desbocado por la impresión, prefiero interrumpir la lectura y buscar otra cosa en qué fijar mi atención, para tener tiempo de retomar el control de mis pensamientos.

Pero, decía, no puedo saber qué tanto está golpeando ya la crisis, porque para mi bien, mis condiciones laborales son buenas y espero y deseo que se mantengan estables. Sin embargo, ayer leí que más de cien mil puestos de trabajo se perderán en la industria de la construcción en mi país. http://www.prensalibre.com/pl/2008/octubre/23/271707.html

Cuántos más lo serán, cuando la situación internacional empeore y se vean afectadas las remesas, las exportaciones, el turismo... Y las plazas de trabajo empiecen a reducirse.

Ya las conversaciones giran alrededor del tema trabajo. Y no falta quien me sorprenda cuando dice que buscará algo mejor remunerado y con menos responsabilidades, pues sabemos que "allá afuera, en la calle, la cosa está seria". Claro, inconscientes siempre habrá.

Los cambios se vienen, es un hecho. Y las empresas -chicas o grandes- buscarán ser eficientes, muy eficientes. Muy probablemente disminuirán la cantidad de personal y las nuevas contrataciones serán pocas, si no "se congelan" las plazas vacantes. La iniciativa privada, los inversionistas, no tienen ninguna licenciatura en amor al prójimo al estilo de la Madre Teresa, por lo que se ajustarán muchos cinturones, de arriba a abajo.

Y los trabajadores, ¿qué haremos? Trabajar. Dignamente, a conciencia, responsablemente. Con crisis o sin ella, nos pagan un sueldo para trabajar y, por supuesto, para hacerlo bien. Las vacaciones pagadas son tres semanas al año, no las cuarenta y nueve restantes.

Y si tenemos la suerte de hacer lo que nos gusta, estoy segura que no sentiremos ninguna diferencia. Porque -tal como conversaba ayer con una compañera de trabajo cuando ella me decía que no todo el mundo tiene "la suerte" de trabajar en lo que le gusta- pienso que es una cuestión de actitud: si es lo que tengo que hacer durante ocho horas diarias, como mínimo, es mejor que empiece a gustarme.

Si nuestro trabajo nos permite tener dinero para comer; para que nuestros hijos estudien y se desarrollen; para vestirnos; para cuidarnos la salud física, mental y emocional; para ayudar a nuestra familia; y, si se puede distraer un poco de plata en eso, divertirnos y emanciparnos de la rutina, ¿cómo no vamos a sentirnos motivados para cumplir a gusto con nuestras obligaciones? Claro, no todo en el trabajo es miel sobre hojuelas, a veces encontramos obstáculos en el camino, pero nadie nos dijo que sería el paraíso.

La vida, toda, nos presenta retos permanentemente. Como dicen los chinos, la crisis no es otra cosa más que una amenaza que trae consigo oportunidades para cambiar, para aprender, para vivir.

Enfrentaremos la crisis, sí. Seguramente a unos nos será más complicado, a otros nos será menos difícil, pero todos tendremos que abrirnos al cambio, adaptarnos a nuevas maneras de vida, tal vez a vivir con moderación o austeridad. Porque habrán millones que sobrevivirán, nada más, diariamente, sin mayores esperanzas. Ojalá nosotros estemos dispuestos al cambio.

De lo contrario, la crisis será una amenaza que se cumpla en nosotros mismos.

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