
El tiempo, marcado por calendarios, fechas, horas, nos va dejando nada más un cúmulo de imágenes en el cerebro que provocan diferentes emociones, amén de los cambios en nuestro cuerpo, queramos o no.
Vernos al espejo significará realizar que la tonicidad de nuestros músculos, esa de cuando teníamos veinte años, no existe más. O que nuestro cabello, otrora abundante y colorido, ahora está plateándose o desapareciendo. Que, tal vez, las líneas de expresión -que no son otra cosa que arrugas- ahora permanezcan en nuestro rostro después de tantos años de aparecer y desaparecer a voluntad. El tiempo pasa, dicen y a veces lo hace encima de nosotros...
Saludable manera la de enfrentar los años con humor, pues de lo contrario tardaríamos poco tiempo en encontrar a la más arrasadora de las depresiones que, probablemente, sí terminaría con lo que nos va quedando.
Mirar hacia atrás, en esas imágenes perfectamente archivadas en nuestro cerebro, trae consigo, decía, emociones. Busco y hallo aquel encuentro familiar de hace veintiocho años, cuando la generación de mis padres tenía menos años de los que yo tengo ahora y nuestros hijos eran apenas bebés o todavía no habían nacido; y claro, no puedo menos que comparar aquellos recuerdos con la realidad actual, cuando la alegría pujante de los jóvenes nos permitió repetir la hazaña hace unas semanas, aunque no lograrámos superar en número a aquella de 1980. Claro, es que de la generación anterior, prácticamente se han ido todos (quedan sólo tres) y nosotros, hijos en aquel entonces, padres y abuelos en este hoy, no fuimos tan prolíferos como nuestros progenitores. Y nuestros hijos, ya menos en cantidad, lo son menos que nosotros.
Lindo fue reconocer la misma sonrisa en muchos rostros, los ojos brillantes y vivaces en otros más, los perfiles, la manera de hablar y gesticular. Un sello genético impresionante que, nos guste o no, nos identifica y mantiene encadenados... por aquello de la cadena de ADN, digo.
Los padres nuestros, que son los que ya no están, que se fueron de muy variadas maneras, permanecen en nosotros, vivos y temperamentales como en sus mejores momentos. Los pasitos de la abuela, madre silenciosa y preocupada por contener los arrestos de sus hijos, de evitar que los ánimos se desbordaran en las conversaciones llenas de entusiasmo o apasionamiento, quedaron grabados también.
Las cosas que conocimos en esa casona antigua, como el largo corredor que llevaba al comedor, siempre con aroma a frutas frescas; o el inmenso jardín del frente, que recorríamos conversando y jugando durante la niñez; o las conversaciones entre primas, comparando experiencias y momentos difíciles de nuestra adolescencia, hacen juego con el recuerdo del frasco de las bolitas de miel o de los "café con leche" de la abuela, de los que nos era permitido tomar uno, "¡sólo uno!", tal vez pareciéndonos egoísta ese pedido, casi orden, pero que ahora identificamos como su deseo porque el frasco alcanzara para todos los nietos.
Cada uno de los que partió, en sus propias condiciones y circunstancias, fue el que hizo que nos reuniéramos para acompañar a los que todavía quedan, como también fueron los hechores de lo que hoy somos, en gran parte. Aquella manera adusta de ver la vida y de tratarnos de mi padre, que tanto reclamamos mis hermanas y yo durante los años jóvenes, ahora me parece que fue la piedra fundamental de nuestras vidas. Sin la disciplina y firmeza de esos años, no habríamos podido enfrentar el día a día; como tampoco habríamos podido hacerlo sin su infinito amor, su incondicional entrega y su maravillosa presencia, que nos hizo sentir, a pesar de las experiencias negativas, muy seguras y protegidas, afianzadas de su mano -esa mano que todas tenemos presente en nuestros recuerdos y sueños- y guiadas por la vida.
Mantener estrechos los lazos familiares, no es fácil. Porque a la familia la encontramos ya al nacer y es como una presencia impuesta, forzada. Tal vez, mientras crecemos, reconocemos en los demás los rasgos negativos que quisiéramos evitar tener; quizás porque ellos son como un espejo de nuestras propias imperfecciones; o, al ser adultos, porque nos enfrentan a los recuerdos de carencias o faltas, de las más variadas formas.
En todo caso, la familia, esa tribu a la que pertenecemos, es un vínculo fuerte. Y ha sido bueno tener contacto más allá del adiós y las lágrimas, para compartir la risa y mirar hacia el futuro.
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