lunes, 25 de agosto de 2008

NO HAY PEOR CIEGO QUE EL QUE NO QUIERE VER


Las leyes en contra o a favor del aborto son protagonistas principales de numerosas circunstancias indeseables en los países en donde todavía las religiones tienen peso. O sea, en muchos países.

No deja de causarme... digamos, escozor, porque no es preocupación, tampoco asombro y mucho menos incredulidad, lo que me provoca la doble moral, la hipocresía campante y rampante y la suciedad de alma de algunos "líderes" mundiales cuando se trata de ganar adeptos o de mantener con ellos a los seguidores que no piensan, no analizan y no tienen criterio para discernir lo que sus ojos ven y sus oídos escuchan. O, tal vez, también los seguidores prefieren hacerse "de la vista gorda" por mil motivos diferentes, desde no salir de su zona cómoda, hasta tener los mismos intereses.

El caso es que la semana pasada fue presentado ante el Congreso de Guatemala el Libro de la Vida, otro invento de la Iglesia Católica para comprometer a los diputados que lo firmen a que, cuando sea presentada ante este ente el proyecto de ley, no apoyen ningún cambio en pro del aborto, bajo ninguna circunstancia. La pena es el infierno, claro.

Pero en esta ocasión no es la postura de la iglesia la que me incomoda, pues es conocida e inamovible. Lo que realmente me indignó fue ver la fotografía del asesino más cínico e hipócrita de los últimos tiempos, el "General" Efraín Ríos Montt, reconocido mundialmente como genocida del pueblo indígena de esta tierra. Firmaba, muy ufano, ¡como defensor de la vida!

Ríos Montt es considerado como el cerebro detrás de las masacres llevadas a cabo en la selva guatemalteca, forzando a miles de guatemaltecos a migrar hacia México a pie, huyendo de sus perseguidores mientras cargaban a sus hijos o a sus padres ancianos, haciendo que las mujeres dieran a luz en la tierra, sin ninguna medida higiénica, sin mayor ayuda que la de algún médico que los acompañaba o que contactaban en caso de extrema urgencia. Mientras algunos morían de hambre o sed en sus largas caminatas para encontrar la relativa calma de la selva mexicana, este personaje ha vivido, aparentemente, en paz consigo mismo y con los que le rodean, teniendo el cinismo de dictar cátedra de moralidad desde el púlpito de la iglesia que inventó como escudo a sus desmanes, a su sed de venganza y a su espíritu sanguinario y frío.

Millones de guatemaltecos "creen" en él, en sus mentiras, en su juego doble, en su fanatismo religioso. Y a pesar de que España, a través de sus tribunales, giró una orden de captura internacional para él, mientras no salga del país, no puede accionarse porque en esta tierra de olvido, la ley no ha caído con su peso sobre su apestosa y decrépita humanidad.

No cabe duda, la doble moral hace su juego y gana.

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