viernes, 26 de septiembre de 2008

La entretención perfecta


Recuerdo estar acostada en mi cama, con mis hermanas en la misma situación. Las cuatro, simultáneamente, estábamos enfermas de varicela y el calorcito de la siesta ayudaba a adormecernos mientras los minutos pasaban lentamente, como suelen pasar en la niñez. Despacio y pesadamente. Pero en cuanto refrescaba, acercándose la tarde, el sueño desaparecía y los deseos de encontrar entretención se hacían evidentes.

En casa existía sólo una televisión y estaba en la sala. En el enorme dormitorio en donde nosotras estábamos, el sueño debía llegarnos tempranero y natural: normalmente, papá nos enviaba a la cama a las siete de la tarde y no había manera de evitarlo. Ahora que estábamos enfermas, teníamos que encontrar en qué entretener nuestras horas de reposo previo a más sueño.

Entonces, ¡aparecía la idea favorita! "¡Mami, mami, bajá la caja!" Mi madre se hacía un poco de rogar, pero terminaba cediendo. Y allá venía ella con la enorme caja de cartón, que bajaba de arriba del armario y que sabía que le iba a representar largas horas de preguntas y respuestas. La caja, la famosa caja, contenía el mayor entretenimiento de todos, aquello que nos mantenía ocupadas por horas y que hacía que nuestra imaginación volara o nuestros tiernos y pocos recuerdos, volvieran a nuestros ojos convertidos en figuras: fotografías.

El encanto que esa caja tenía sobre mi mente infantil quedó grabado para siempre. Todavía recuerdo mi excitación cuando la caja se posaba sobre la cama y mi hermana Sandra se sentaba frente a mí, mientras mamá levantaba las tapas de cartón para que mis ojos, muy ansiosos, se posaran sobre los cientos de fotos en blanco y negro, casi todas, en todos los tamaños que podía imaginar.

Por nuestras manos pasaban los pequeños cintillos con la serie de fotografías que entregaban las reveladoras -del cual, tengo que reconocer, desconozco el nombre- para que se eligieran las que se querían ampliar. Elegir a través de los negativos no era muy fácil... ni divertido. También las de estudio, algunas apenas coloreadas tenuemente, en donde nos veíamos a nosotras mismas siendo bebés o a nuestros familiares cercanos más queridos en trajes de domingo.

Las favoritas eran las de la boda de nuestros padres, aquellas enormes y brillantes, guardadas en un álbum blanco con letras doradas que todavía conservo en el mueble que sirve para atesorar los miles de imágenes, ahora casi todas a colores vivos y radiantes, revueltas con algunas de aquellas viejas y queridas.

En ese repaso que se repitió durante años, a través de muchas tardes de guardar reposo por enfermedad -era la única ocasión en que mamá nos permitía tal gusto- de cualquiera de nosotras cuatro, pasando por gripes, dolencias infantiles o cualquiera otra que nos llevó a la cama, llegamos a conocer todas y cada una de aquellas fotos, casi de memoria. De tal manera que, en no pocas ocasiones, al encontrar a algún familiar que nunca antes había conocido en persona, sabía muy bien de quién se trataba pues su imagen ya estaba grabada en mis pupilas.

Mamá tenía la enorme paciencia de compartir con nosotras las historias que salían de cada imagen y el relato se convertía entonces en casi una película que nuestras imaginaciones hacían correr con los intérpretes que ya conocíamos muy bien. También las anécdotas, tantas veces repetidas, se fueron haciendo conocidas y de esa cuenta es que también algunas frases que surgieron de ellas ahora quedaron como lugar común entre nosotras.

Nada me causa tanto gusto como ver fotografías. Las viejas y bellísimas que guardamos con amor; las de nuestros antepasados, a los que probablemente no conocimos, en aquellos grupos poco naturales pero llenos de elegancia, con sus mejores galas y los semblantes casi perfectos; aquellas de nuestros hijos, pequeñas personas, en el primer escalón del largo proceso de aprendizaje, quizás dando el primer paso o sonriendo a la cámara con encantadora pose. También las de los que ya no están, los ausentes amados, que a veces preferimos mantener guardadas para evitar los recuerdos dolorosos, pero que cuando nos llenamos de fortaleza y valentía sacamos con casi adoración y, quizás, sólo quizás, nos las llevemos a los labios para depositar un beso leve, casi al pasar. Y también me gusta ver las fotos de viajes, de lugares desconocidos, de otras personas, las novedosas, las que me harán soñar o desear ir allí, a esos parajes nuevos. O las que surgen de alguna celebración, reuniones de amigos o familiares, en las que la alegría es evidente.

Ahora, con la maravillosa tecnología, esas fotografías que corren el riesgo de desaparecer por el paso del tiempo y el roce de nuestros dedos ansiosos, pueden ser digitalizas para ser guardadas y enviadas a la posteridad. Pero no tienen el encanto que tenían aquellas "fotos de la caja", que me dieron tantas tardes de paz, entretenimiento y conocimiento de mis raíces. Aquellas fotografías que ahora están repartidas entre la familia, pero que son una prueba del lazo invisible que nos une.

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