miércoles, 23 de abril de 2014

LOS LIBROS

Cuando, hace muchas décadas -lo que ya es mucho decir- Api me contaba historias que yo trataba de cazar con los oídos y los ojos, disfrutaba mucho de las que permitían a mi creatividad y fantasía dar vuelta al mundo y verlo con algo más que ojos de asombro.
Antes de que aprendiera a leer -¡cuando sucedió fue maravilloso y grande para mí!- mi abuela, de a poco, fue dándome libros de cuentos; como eran antes, sin mucho adorno ni colores, salvo un par de imágenes que aparecían al inicio y al final de cada cuento; y si éste era largo, tal vez daría la alegría de una imagen más, en el centro, para recrear el instante.


Uno de los primeros que cayó en mis manos, regalo de mi inefable Tío Paco, fue el de los Cuentos de Hadas Bohemios. Mientras llegaba el momento de entender todos los signos que aparecían en las hojas grandes y gruesas, me deleitaba admirando los rostros serenos y hermosos de las princesas, las sonrisas dulces de las hadas y el porte caballeroso y varonil de los reyes y príncipes. Me impresionó una ilustración, especialmente: un joven que imaginaba sería el príncipe, yacía -¿dormido o muerto?- sobre una cama y, a su lado, desconsolada, una mujer hermosa lloraba lágrimas que eran perlas que inundaban el lugar...
Claro, cuando aprendí a leer, ¡finalmente!, se terminó el misterio y pude saber la historia completa, era el cuento llamado Lágrimas de Perlas.
Apareció ante mis ojos, mente y corazón, Bohemia, el lugar de las hadas, de los cuentos fantásticos, con hermosas calles, palacios, puentes, llena de magia y encanto, ensoñadora y nostálgica, melancólica y dulce, tan distante...
El libro se convirtió en mi favorito a pesar de que después de él llegaron otros más. Habían cuentos de hadas de muchos lugares y nacionalidades: bretones, peruanos, argentinos, japoneses, alemanes, franceses... Nunca lo desplazaron.
Pasaron los años, crecí, dejé de pensar en cuentos de hadas -otros cuentos eran interesantes, también- y me fui de la casa paterna. Los libros quedaron guardados en una caja, por mucho tiempo.
Cuando mi hija tenía unos 3 o 4 años, recordé mi infancia, al lado de Api, escuchando historias y con mis libros sobre la falda. Volví a casa de mis padres y pregunté por ellos. 
¡Allí estaban! Seguían guardados, algo húmedos, algunas pastas gastadas o rotas, pero los libros existían, esperando a que otras pequeñas manos los tomaran con curiosidad, primero, y amor después, indagando en sus páginas, admirándose con las pocas imágenes al inicio, pero perdiendo la conciencia del entorno, del tiempo y la realidad después, al leerlos.
Me los llevé, entre angustiada por el deterioro y feliz por el reencuentro. Los envié, poco a poco, a una imprenta para que fueran reempastados en color corinto y que las letras doradas dijeran, únicamente: "Cuentos de Hadas Bohemios", por ejemplo. Cambiaría el nombre de su origen en cada libro.
Fueron compañeros de la infancia de mi hija, también, aunque a veces retornamos ambas a darles "una miradita por encima".
Permanecen en la librera, como saben hacerlo, en espera de otras manitas que los llevarán a otra falda, a otros ojos ávidos que querrán saber, siempre saber...
No tendré vida suficiente para agradecer a Api y Tío Paco el regalo maravilloso de la lectura.