Esta semana tuve la hermosa alegría y tremenda satisfacción de tener cenando en casa a un amigo antiguo y muy querido, al que no veía desde hace más de veinticinco años, pero con quien he mantenido comunicación de alguna manera.
Consciente de la realidad del país, luchador incansable, valiente y corajudo, ha trabajado durante décadas por los más necesitados, habiendo dado prácticamente su vida (en todo el sentido de la palabra) porque los perseguidos, devaluados, víctimas anónimas del odio y la sinrazón de este país al que amamos -él como yo y muchos millones más de guatemaltecos- sean reconocidos como iguales, con los mismos derechos a la salud, educación, paz y seguridad, dando por sentado que también podrán vivir de su trabajo digno y honrado, para darle a sus familias lo necesario para cubrir sus más elementales necesidades, primero, para continuar desarrollándose y creciendo sin miedos ni resentimientos después.
Para devolverles el lugar que tuvieron algún día sus antepasados, cuando fueron dueños de esta tierra, antes de que les fuera arrebatada a sangre y fuego, antes de esclavizar a los sobrevivientes y anular cualquier derecho a la libertad en todas sus formas.
Este hombre del que hablo se ha jugado la vida, entregó su cuerpo, mente y corazón por amor a las comunidades que durante el conflicto armado tuvieron que huír a la selva montañosa, mientras las balas de fusiles, ametralladoras y cañones terminaban con siembras, casas y ellos mismos.
Mientras conversábamos -habiendo retomado la punta de la madeja que hemos dejado y reencontrado en muchas ocasiones como si hubiese sido abandonada por pequeñísimos momentos nada más y no por años entre una conversación y la otra- su humilde grandeza, su fuerte serenidad, el brillo intenso de sus ojos detrás de los anteojos y su risa fácil y franca, me remontaron a los años de mi juventud, cuando el idealismo era tan importante en mis días y noches.
Durante el tiempo que duró la cena, mientras saltábamos de rama en rama en nuestro árbol de conocimientos compartidos, los de la vida que a cada cual le tocó -o decidió- vivir, una oleada cálida de afecto me arrebató y me hizo reencontrar el sentido de los años idos, la certeza de que lo experimentado ha sido, en mucho, la base de mi vida y para decir que no cambiaría nada del pasado, que volvería a vivirlo de igual manera, a pesar de todo.
A este hombre genial, a este valiente de ayer y hoy, a quien admiro desde el fondo de mi corazón y mi mente, dedico hoy mis pensamientos, para que la cruzada que ha emprendido, por la que ha luchado y trabajado durante décadas, poniendo en peligro y enorme riesgo su seguridad personal, su estabilidad y su vida misma, llegue ¡finalmente! a dar los frutos que él como otros miles de guatemaltecos deseamos.
Este hombre, un sacerdote católico como hay muy, muy pocos, comprometidos con la verdad y la justicia, es ejemplo vivo de lo que debieran ser los hombres y mujeres que deciden trabajar por el bienestar de los demás, física, mental y espiritualmente, el ejemplo que el Vaticano se resiste a poner en práctica porque si así lo hicieran, significaría renunciar a la opulencia y a la inconciencia y desconocimiento del mundo en el que viven, porque es más cómodo de esa manera, aunque sea inmoral.
Sin embargo, a este tema me referiré la próxima semana. Hoy solamente deseo rendir tributo a Ricardo, guatemalteco admirable y maravilloso.
1 comentario:
Siempre leo sus artículos con sumo interés, pues cada uno de ellos expone cuestiones fundamentales en pro de las personas como individuos con derechos y obligaciones; hace críticas sutiles a prácticas deleznables pero desde una perspectiva de cambio hacia algo positivo; destaca el papel que juegan figuras señeras en una colectividad; canta las bellezas del paisaje y hace dulces panegíricos a las vivencias en apariencia sencillas del hogar, del amor filial y de la buena convivencia, pero que constituyen la piedra angular del propósito de nuestro paso por la vida.
Hoy nos habla de esos seres olvidados, discriminados, abandonados por nosotros mismos y por entidades estatales, humanitarias y religiosas, y toda sus reflexiones empiezan a "desmadejarse" a partir de haber invitado a cenar a un amigo a quien no había visto en muchos años, pero con el que, sin embargo, se comunicaba de alguna manera y está siempre presente en su vida por los ideales que desde jóvenes han compartido.
Quería hacer comentarios a otros artículos suyos, pero por una u otra razón, lo dejaba pendiente. Me alegra haber tenido hoy la ocasión de dejarle aquí esta modesta opinión y de poder expresarle mi aprecio por sus reflexiones y por su persona. Gracias por escribir todos estos artículos, Carmencita.
Un abrazo.
Carlos Wolters.
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