lunes, 23 de junio de 2008

DUALIDADES


Todos, asumo, necesitamos una figura fuerte que nos brinde seguridad, protección, respaldo, fortaleza. Pero además, amor y ternura.


A veces nuestros padres llenan esa necesidad, a veces un tío, el abuelo o el hermano mayor. En otras ocasiones, el nuevo padre, el padrastro, cumple. Pero... ¿y qué sucede cuando no encontramos en ningún "hombre" esa figura de fuerza y amor que necesitamos? ¿Qué pasa cuando el padre falta y es únicamente la madre, por A o por Z, quien se queda "a cargo"?

Pues surgen las "mapas". Esas madres que hacen también fuerza por llenar el vacío del padre. Las que salen a trabajar y se convierten en proveedoras absolutas de alimentos, vestido y casa. Las que deberán lidiar con las necesidades de las niñas, pero también de los niños. Y ¿cómo hacer, si no es a través del inmenso amor que sienten por sus hijos, que se las ingenien para cumplir con todos estos menesteres? Existen muchas, muchísimas madres actuando los dos papeles... y no es fácil. Lo ideal, lo mejor, es que tengamos cercano al padre nuestro o al de nuestros hijos, llenando el espacio que le corresponde llenar, a pesar, a veces, de muchas circunstancias adversas.

Por estos días se celebra el Día del Padre por estas latitudes. Y claro, vuelven a aparecer los anuncios en los diarios y la televisión, a sonar en la radio las cancioncitas pegajosas que nos invitan a comprar "el mejor regalo para papá".

Y yo pienso, a través de mi experiencia, que el mejor regalo será hacerle saber lo importante que es él en la vida familiar. Que no sólo se trata de extender la mano para pedir, sino de extenderla para encontrar la suya y caminar. Que su voz fuerte no sirve nada más para gritar y regañar, sino para darnos confianza o darnos tranquilidad.

Que sus palabras fuertes no servirán sólo para corregir, sino también para conversar y dar ternura. Que sus ojos no escudriñarán en nuestra frente por motivos de vergüenza o culpa, sino que serán un punto de reflexión y encuentro con la paz y el amor.

La comunicación que las mujeres tenemos con nuestra madre es cercana, casi telepática, porque somos muy similares, con los mismos canales abiertos. Pero cuando tenemos cercanía espiritual y afectiva con nuestro padre, es otro mundo el que pisamos. Es algo así como no poder pensar de otra manera acerca de la vida, acerca de la muerte y acerca de todo lo que queda en el medio. El lenguaje que usamos es diferente al que usamos con mamá o con los hermanos, se habla de otras cosas, de otros temas; se coincide en otros lugares comunes -literales o no- y se comparten los gustos por el aroma de las papas o por tal o cual programa de televisión que vemos semanal y puntualmente, aunque sólo sea por compartir el momento.

Sabemos que papá acudirá presuroso si lo necesitamos y que muy probablemente estaría dispuesto a ofrendar su vida por salvar la nuestra. Pero ese mismo amor que nos une, nos impedirá aceptar tamaño sacrificio. Preferimos saber que allí estará nuestra roca, nuestra montaña, nuestro puerto. Y que la diferencia entre la paz que nos da nuestra madre y la que nos otorga él, tiene que ver con la vida y con la muerte, pues ella nos dio la primera y él nos cuidará de la otra.

A pesar del tiempo y la distancia, del abismo y de la luz, hay manos que no borramos de nuestra memoria. Hay latidos que retumban en nuestro oído y que quedaron allí, grabados, desde la última vez que reposamos nuestra cabeza en el pecho de nuestro padre.

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