Domingo de mañana, nada temprano, veo hacia la ventana que da al jardincito del fondo y los chorritos de agua se deslizan por el cristal de la ventana que veo a través de la persiana semiabierta. Si pongo atención, se escuchan caer las gotitas sobre los charcos que, seguramente, se habrán formado por la llovizna de toda la noche...
Y el agua siguió todo el día. Y la otra noche. Así que el lunes, cuando mi hermana Sandra y yo salimos de casa para esperar el autobús del colegio, mamá nos encajó las "capas" (aquellos abrigos de gabardina con forro de hule) con su respectivo gorro, además de los zapatones de hule encima de nuestros zapatos azul y blanco del uniforme. Y por si eso fuera poco, llevábamos sombrillas.
Paradas en la esquina en donde nos recoge el "bus", me entretengo viendo correr "los ríos" de agua que brillan tornasolados porque arrastran combustible y aceite que los autos dejan en la calle. Solemos recoger piedrecitas de la calle, las que van quedando al descubierto cuando la lluvia las limpia. Es lindo verlas brillar, mojadas, dejándonos descubrir sus partículas plateadas o vetas rosadas, verdes o amarillas. Nuestras pequeñas manos, frías y húmedas, alcanzan a guardar unas cuantas, apresuradamente, cuando aparece el transporte escolar, con su enorme presencia amarilla y negra.
Hoy, que el cielo está totalmente cerrado y gris, con 21° C y que la suave llovizna (parecida al chipi-chipi de Cobán) no ha dejado de caer desde ayer de tarde con muchas probabilidades de continuar porque Alma llegó y Arthur está por hacerlo -las dos tormentas tropicales que nos visitan- me llegan en "lamparazos" los recuerdos de otras lluvias y otros "inviernos", como le llamamos acá a nuestra temporada lluviosa de seis meses anuales.
Así también veo llegar a casa -en otro barrio y algunos años después- a mi abuelo, siempre vestido de traje y corbata, con miles de minúsculas gotitas en el ala del sombrero de fieltro pero impecable, bajo el paraguas negro y enorme. Entra, sacude el artefacto, golpea los pies fuerte sobre el cemento de la entrada y levanta la vista, castaña y chispeante, hacia el bullicio que hacemos a su llegada, sus cuatro nietas. Después de una taza de café y un juego de ajedrez con mamá, de muchas bromas y caricias dulces y tiernas, toma nuevamente sombrero y paraguas, nos despide con mil besos y parte, bajo el agua, bajando la pequeña pendiente de la calle de casa, hacia la salida de nuestro barrio...
Los "inviernos", grises y frescos, nunca fríos, de mi país, traen agua en bastedad. Y con ella, reciclada en recuerdos y sentimientos, va y viene la vida.
Los "inviernos", grises y frescos, nunca fríos, de mi país, traen agua en bastedad. Y con ella, reciclada en recuerdos y sentimientos, va y viene la vida.
1 comentario:
Degusto la lluvia monótona y pertinaz que describe Carmencita con el cafecito y pan dulce que hace tolerable y hasta delicioso el quedarnos dentro de los muros de casa y no poder salir ni al patiecito. Siento un frío sabroso, que se soporta con un abrigo ligero. Curiosamente, la narración de Carmencita me retrotrae a recuerdos de infancia. Yo también miraba en los charcos que formaba la lluvia la gasolina que caía de los autos que se negaba a mezclarse con el agua y que presentaba a la vista una especie de arco-iris aceitoso. Recuerdo también las empapadas que me daba de camino a casa cuando volvía del colegio y me negaba a resguardarme de la lluvia. Era una experiencia única llegar, ducharme y cambiarme de ropa. Me esperaba una comida caliente que humeaba en la mesa. Gracias, Carmencita por traer a mi mente recuerdos tan gratos y hacerme apreciar esos inviernos que sólo se dan en Guatemala.
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